Hay pueblos que se resisten al silencio, pueblos que se aferran a sus sonidos antiguos, aun cuando las lenguas hegemónicas insisten en borrar las huellas de sus antepasados, vuelven una y otra vez a la palabra para recordar quiénes son, porque saben que una lengua no muere de un día para otro, solo se va apagando.
Cuando las palabras dejan de escucharse en las casas, cuando los niños dejan de pronunciarla, cuando el miedo o la vergüenza ocupan el lugar del orgullo. Pero, también saben que una lengua puede renacer cuando alguien decide volver a decir la primera palabra.

Así ocurre en Xade duxö (Teotongo), el lugar del sol, y en Xade Nki Su (Suchixtlahuaca), el lugar florido, pueblos Ngigua. Allí, donde los valles y los ríos resguardan la memoria de los antiguos y el viento todavía parece conocer los nombres del territorio, un grupo de mujeres y hombres decidió reunirse para impedir que el Ngigua siguiera alejándose de la vida cotidiana. No esperaron a que alguien más emprendiera el trabajo, porque una lengua sólo permanece viva cuando encuentra un corazón dispuesto a pronunciarla y otro dispuesto a escucharla.
En esta región existe un corredor que abarca algunos pueblos como Tulancingo y Suchixtlahuaca, ubicados al Noroeste del estado de Oaxaca. La fiesta patronal de Santiago apóstol y San Cristóbal fue el marco para abrir la sala de exposición y de poesía, una exhibición de 12 pintores de la región: doce artistas mostrando su creación, acompañados de un recuento histórico de la región Ngigua a cargo del historiador Pedro Cervantes (Ngigua–Ñuu savi), del poeta Ngigua Jaime Santiago y de la poeta Celerina Sánchez (Ñuu savi), todo esto fue posible por el trabajo de jóvenes como Carlos Bazán, el poeta Jaime Santiago y Concepción Ciprian.
La fiesta de los pueblos ofreció el momento perfecto para compartir ese renacer. Entre la música, las danzas, el aroma de la comida, el ir y venir de las familias que regresaban para celebrar sus raíces, hubo un espacio dedicado a la palabra. Las voces se elevaron una tras otra. El Ngigua volvió a ocupar el espacio público, no como un recuerdo del pasado, sino como una lengua capaz de nombrar el presente, de escribir nuevos poemas y de conmover a quienes la escuchaban, e incluso a quienes aún no podían comprenderla por completo. La musicalidad de sus sonidos bastaba para recordar que toda lengua posee una belleza que ninguna traducción alcanza a contener.

Aquella lectura no fue solamente una presentación literaria, fue un acto de afirmación colectiva. Los poemas hablaban de la tierra, de los ancestros, del maíz, del viento y del sol, pero también hablaban de la decisión de permanecer y del dolor de la pérdida de sus lenguas.
Con cada verso, el pueblo decía que su lengua sigue viva porque todavía existen personas dispuestas a escribirla, a leerla en voz alta y a entregarla a quienes vienen detrás. Quizá eso fue lo más valioso de la jornada. Nadie hablaba de “rescatar” una lengua como si fuera un objeto perdido. Lo que allí sucedía era algo mucho más profundo: el Ngigua respiraba en las conversaciones, en las sonrisas de los niños que repetían nuevas palabras, en los mayores que corregían con paciencia la pronunciación y en la emoción compartida de escuchar nuevamente la lengua ocupar el lugar que siempre le ha pertenecido.
La fiesta continuaba y el sol comenzaba a esconderse. Quedaba la certeza de que la resistencia también puede tener el rostro de una comunidad reunida alrededor de su lengua. Porque mientras exista alguien que enseñe una palabra, alguien que escriba un poema y alguien que escuche con el corazón abierto, ninguna lengua habrá dicho todavía su última palabra.

Y, entonces, cada pueblo se enorgullece de lo que ahí sucedió. El lugar del sol volvió a iluminar, si no, el lugar de las flores, no solo las calles del pueblo, sino la memoria de una lengua que se niega a desaparecer y que continúa encontrando, en la voz de su gente, un horizonte para seguir viviendo.
Texto/Fotografía: Notimia