Cada invierno, millones de mariposas monarca cubren los árboles de oyamel y tiñen de naranja el paisaje montañoso. No es solo una postal natural, es un fenómeno migratorio que conecta a tres países y que coloca al pueblo Mazahua y Otomí en el centro de una historia de resistencia ambiental y memoria cultural, para el pueblo.
La mariposa monarca (Danaus plexippus) recorre hasta 4 mil 500 kilómetros desde Canadá y Estados Unidos hasta los bosques del centro de México, en Temascalcingo, Estado de México. Aquí, encuentran las condiciones necesarias para hibernar: humedad, temperatura estable y la protección natural de los oyameles.

La presencia de las mariposas en estos bosques, es también un indicador ambiental; cuando llegan en menor número, la alerta no es sólo local, es regional.
Detrás de cada visitante que asciende por los senderos del santuario hay un trabajo comunitario que pocas veces se cuenta. Los y las guías locales organizan los recorridos, explican el ciclo biológico de la especie y establecen reglas claras: no gritar, no tocar, no invadir. Su labor no se limita a informar, también vigilan que el flujo turístico no altere el descanso de las colonias.

“Si se altera el bosque, se altera la vida”, repiten quienes han crecido escuchando las historias de sus abuelas y abuelos.
Para los pueblos originarios de la región, los monarca no son solo insectos migratorios. Coinciden con la temporada de la Fiesta de los Muertos, su llegada simboliza el retorno de los antepasados. En ese cruce entre la ciencia y la cosmovisión, el santuario se convierte en un espacio sagrado.
Junto a esto, el cuidado del territorio implica organización comunitaria, faenas de reforestación, prevención de incendios y vigilancia frente a la tala ilegal. El ecoturismo representa una fuente de ingresos, pero también un reto: equilibrar desarrollo económico con conservación ambiental, dicen los lugareños.

Las amenazas son reales, el cambio climático modifica las condiciones del bosque; los agroquímicos reducen el algodoncillo en el norte del continente; la presión sobre los recursos forestales persiste. Sin embargo, en Temascalcingo, la respuesta ha sido fortalecer la organización local y reafirmar la defensa del territorio.
Cuando el viento mueve las ramas cargadas de alas y el silencio domina el santuario, la escena parece suspendida en el tiempo. Pero no lo está, es el resultado de un esfuerzo colectivo que recuerda que la conservación no es un discurso abstracto, sino una práctica cotidiana.

En Temascalcingo, la llegada de la mariposa monarca no es únicamente un espectáculo natural. Es una historia viva de territorio, identidad y resistencia comunitaria.
Texto/Fotos: Malinalli Martínez